Al cineasta juarense, Ángel Estrada Soto, siempre lo habían encontrado a él las historias, hasta que luego de siete cortometrajes y dos largos, dejaron de aparecer, lo que le provocó seis meses angustiantes, hasta que un buen día vio a El Diablo a los ojos, en un crucero de Juárez.

“Me lo encontré en un crucero, vendiendo unas calcas con frases cristianas y fue cuando me dijo que estaba en un centro de rehabilitación cristiano, entonces sentí la necesidad de buscarlo, preguntarle qué onda con él”, cuenta Ángel.

Estaba ocupado en la edición de su película King Tigery olvidó su encuentro. Fue en febrero de 2019 que lo recordó y sintió la necesidad de buscarlo.

Batalló. Estaba alejado de familia y amigos. Hasta que lo localizó en el centro de rehabilitación “Renovados en Jesús”.

El documentalista se refiere al poeta, profesor y comunicólogo Oswaldo Ogaz, recordado desde 1995 y hasta por ahí del 2010, por su obra escrita en sonetos, -estilo clásico en desuso-, que por su temática del barrio y las drogas, hizo que la diosa popularidad lo tocara.

Los vatos locos y la aureola de los indigentes

Ogaz es memorable por sus lecturas de poesía arriba de un ring, después de finalizar una función de lucha libre; por decir, completamente ebrio: Camino por la calle Juárez/ con el silencio a cuestas./ Respiro tu presencia./ Las manos niñas que se unían/ Entre el pasar de los vatos locos y la aureola de los indigentes/ del viejo Woolwoorth…

“Lo recordé de pronto, como a principios de 2019. Investigué hasta que me dieron un teléfono. Batallé bastante porque él está muy alejado del ámbito. Le platiqué del proyecto de una película; ver la posibilidad de que surgiera una historia de aquí”, platica Ángel.

Así nació el proyecto del documental El diablo a los ojos, que en su reseña señala: “permite al espectador conocer de manera íntima las historias de un grupo de adictos internados en un centro de rehabilitación cristiano en Ciudad Juárez.

Perderlo todo: dinero, familia…

Donde parece que sus vidas se suspende mientras ellos libran una dramática batalla contra sí mismos, para tratar de recuperarse, aferrándose a la fe en Cristo como su única posibilidad de salvación”, remata.

Y es que Oswaldo rodó por el mundo de las drogas –como muchos otros adictos- de centro en centro de rehabilitación, en donde ningún tipo de terapia funcionaba, hasta perder todo, dinero, familia y vida.

Aferrado en alcanzar su salvación, tratando de recuperarse hasta que, ya en la calle y en el abandono absoluto, llegó a este centro cristiano donde ha logrado su recuperación por medio de la fe, entendida como una herramienta para dejar atrás su vida pasada.

Entre dudas y prejuicios

“Uno se hace ideas sobre los procesos religiosos, de las congregaciones, de los ministerios y yo iba un poco dudoso de lo que me iba a encontrar, pero me encontré a un pastor que también fue un adicto, que se recuperó”, señala Ángel sobre su acercamiento a lo religioso.

“Me fui solo con mi cámara para empezar a grabar cositas, yo solo, sin equipo. El primer día que llegué salió algo súper interesante. Me imaginaba un espacio cerrado, oscuro en términos de ambiente. Encontré mucha camaradería ente los internos. Alegría y disposición”, narra el cineasta.

Así, Ángel, solo con su pequeña cámara al hombro, sin su equipo de trabajo, convivió por 17 meses con los internos del centro de rehabilitación, ubicado en la calle Cobre del Barrio Bellavista, devastado por la guerra de Calderón, con un alto índice de drogadicción.

Esta forma de trabajo definió la estética de la película. No había tomas abiertas, grababa desde donde él estuviera. Había mucha cercanía física, que no solo se ve, sino también se siente. Muy verité, de verdad, sin grandes construcciones estéticas, más que un testigo.

Vivir en el infierno

“Me tocó grabar a los que llegan a internarse. Durísimo por la malilla. De acuerdo a la droga que estén prendidos. Heroína, mucho dolor en el cuerpo; mucosidad, diarrea; los que llegan por Cristal, paranoicos, escuchan un ruido y entran en pánico”, cuenta.

Y agrega: “Están entre la realidad y un viaje mental de paranoia; el alcohol, es el más terrible, la abstinencia es alucinaciones, no duermen, muchos no aguantan y se van a buscar más droga, más alcohol, a robar, hacer lo que sea para calmar su angustia”.

De alegría, esperanza y la luz de Ogaz

El tema pareciera muy oscuro pero la verdad es que hay muchos momentos de alegría, en donde se nota que están a gusto. Existe balance en ese sentido. No es pesimista, como Ángel creía al principio: desesperanzador. Al contrario, es esperanzador, señala.

“Sobre toda en esta ciudad que es conocida por su violencia, el trasiego de drogas, y que precisamente, haya una historia tan esperanzadora como la de Ogaz es muy significativo y muy valioso, entre toda esta oscuridad que percibimos de Juárez”, indica el cineasta.

El diablo a los ojos, es una historia de esperanza, pero no naif (realidad ingenua), no es ingenua: la epidemia causada por las drogas existe con todo su poder de destrucción, sólo que es luminoso que existan historias como la de Ogaz.